Solenoide: un libro tiene que pedirte una respuesta

Mircea Cartarescu, Solenoide. Editorial Impedimenta. Madrid, 2017. Traducción de Marian Ochoa de Eribe.

Antes de leer esta novela conocía poco a Mircea Cartarescu: sólo había leído un libro suyo, Por qué nos gustan las mujeres, un conjunto de relatos al que me llevó el cebo del título, que vagamente me recordaba Queremos tanto a Glenda, de Julio Cortázar; ahora, después de leer Solenoide, empiezo a conocerlo mejor y tengo la sensación de haber ascendido a un Everest literario y de haber vivido una experiencia magnética (aunque, a ratos, la novela parezca magmática y canse por la reiteración de algunos materiales). Si un libro tiene que ser como un hachazo para romper el mar helado que todos llevamos dentro, como quería Kafka, Solenoide consigue con creces ese objetivo.

Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956)

Dicen que para subir a la cima del Everest se necesitan unos 40 días (sobre todo para aclimatarse a las alturas); no sé si en ese tiempo algunos escaladores, mientras ascienden por sus laderas, se sienten asediados por las dificultades, el cansancio o la tentación de abandonar. Habrá habido de todo, como habrá todo tipo de respuestas y reacciones mientras se arma el puzzle llamado Solenoide. Pero quien no llega a la cima o no acaba de montar el puzzle no podrá saber lo que se experimenta al final de la experiencia. Por esa razón, si tuviera que dar un consejo sobre este libro a alguien de quienes componemos el grupo de lectura del Puig Castellar, no podría ser otro que este: “Persevera, amigo, y verás recompensados tus esfuerzos”. Un poliedro no se conoce mientras no se han visto todas sus caras. Y Solenoide tiene muchas; a continuación se habla de algunas de las más evidentes.

solenoide.- Bobina cilíndrica de hilo conductor arrollado de manera que la corriente eléctrica produzca un intenso campo magnético. (DRAE)

El protagonista de esta novela es un buscador: busca en los libros y en los encuentros azarosos la llave que le permita escapar de la prisión de este mundo. Trabaja como maestro de Lengua rumana en una escuela de las afueras y vive solo en una casa en forma de barco de la calle Maica Domnului. Después de disfrutar del prodigioso efecto levitatorio que produce el solenoide enterrado en los cimientos de su casa, va localizando por casualidad los otros cinco solenoides esparcidos por Bucarest y, sobre un plano de la ciudad desgastado por el uso, coloca envoltorios de bombones para marcar la ubicación de cada uno: el Instituto de Medicina Legal Mina Minovici, la casa de Palamar, al fondo del barrio de Pantelimon, la escuela del barrio de Colentina en la que trabaja, etc. Todos estos nombres de lugares bucarestinos y otros muchos, si al principio causan extrañeza al lector foráneo, acaban resultándole familiares a fuerza de repetirse como centros de interés, pues, efectivamente, si el protagonista de la novela es el narrador (sería un error de perspectiva identificarlo totalmente con el autor, más bien se diría que es uno de sus posibles desdoblamientos), el pernicioso antagonista contra el que lucha es la ciudad de Bucarest:

“…deambulaba aturdido entre unos edificios en cuyo avanzado estado de ruina no reparaba todavía y entre transeúntes cuya melancolía no percibía. Tenía que conocer mejor esa ciudad en cuyo caos, entre el perímetro de tres cinematógrafos, habían reconstruido mis padres, procedentes del campo, su pueblo. Por eso compré el plano y lo estudié luego tardes enteras, hechizado y aterrorizado por el gran laberinto bucarestino, en avanzado estado de ruina, dibujado allí con tanta minuciosidad que podías distinguir no sólo las calles, los ríos y los lagos de los planos convencionales, sino cada edificio por separado, con sus apartamentos, sus cocinas y baños, con la mugre de las paredes, con los zapatos en el recibidor, con la ropa de los armarios, con las hilachas de la ropa y con las hebras microscópicas que forman las hilachas, y con las ramas y hojas de cada árbol, con los nervios de cada hoja y sus manchas de tanino en forma de cara, de nubes o de lejanos países africanos” (págs. 746-747).

En ese fragmento puede apreciarse la mirada penetrante del narrador, una mirada de entomólogo: capta el alma de la ciudad en toda su podredumbre y, al mismo tiempo, registra todo tipo de realidades, desde las más visibles a las aparentemente más insignificantes, los accidentes geográficos, la tristeza inmemorial de los transeúntes y la belleza escondida en las manchas de las hojas de los árboles. (Como decía Salvat-Papasseit, res no és mesquí, y Dios, el Diablo y las raíces de la poderosa escritura de Cartarescu están en los detalles.) Pero es que, además, se encuentran aquí algunas observaciones que definen la relación del personaje con su ciudad: deambulaba aturdido, hechizado y horrorizado… Este deambular solitario y aturdido en medio de la multitud es un motivo clave de la novela contemporánea ambientada en la gran urbe (así, por ejemplo, en Hambre, de Knut Hamsun, cuyo narrador protagonista busca respuestas, merodea sin rumbo por las calles de Cristianía/Oslo y se aferra a la escritura como tabla de salvación). En cuanto a sentirse hechizado y horrorizado al mismo tiempo es un estado, aparentemente contradictorio, propio de quien se siente atrapado por la complejidad de la realidad y palpa en la oscuridad del túnel buscando el camino de salida. Otras palabras icónicas que aparecen en ese fragmento: ruinas, caos, laberinto… Expresan una visión del mundo.

Barrio de Pantelimon donde vive Palamar.

El hecho de que la ciudad parezca caerse a pedazos podría conducir a una interpretación política de la novela, cuya acción principal se desarrolla básicamente durante el periodo de Ceausescu (!965-1989). Así lo recuerdan los retratos de personajes que cuelgan de las paredes de la escuela en la que trabaja el protagonista, las periódicas campañas patrióticas de recogida de botellas, la prepotencia y la ostentación de los maestros miembros del Partido Comunista, o la beligerancia con que la policía secreta persigue a los piquetistas. Es decir, los edificios ruinosos y abandonados serían una metáfora de la descomposición de un régimen corrupto e ineficiente. Pero el narrador no fomenta esta línea interpretativa con comentarios explícitos ni sobreactúa como los populistas. No duda, en cambio, en desvelar las legiones ocultas de chupópteros que, como los ácaros, parecen labrar desde el subsuelo la descomposición moral y física de la ciudad. De esas fuerzas ya le había hablado  su primer mentor, Traian, en el sanatorio de tuberculosis, cuando niño, pero el narrador no las describe hasta el final, en el momento en que quedan desarmadas y desnudas como alacranes desconcertados cuando se levanta la piedra que los cubría. Al fin y al cabo, los parásitos, como aquellos de los que habla en la primera línea (“He cogido piojos otra vez”), constituyen un elemento recurrente en toda la narración, no tanto como elementos simbólicos sino como seres vivos reales que le fascinan por su persistente y ubicua presencia, la infinita variedad de sus formas y la imposibilidad de comunicarse con ellos (como pone de manifiesto el experimento en la casa de Palamar, un verdadero y dramático viaje al corazón de los ácaros).

Los ácaros que estudia Palamar.

Palamar encarna al viejo sabio secreto, solitario y silencioso, dedicado al objeto de su estudio con una intensidad y una pasión rayanas en la demencia: igual que el alquimista capaz de experimentar en sí mismo el veneno cuya fórmula persigue, Palamar cría sarna en su propia piel para tener un mayor conocimiento de este parásito, sobre el que escribe la mayor monografía de todos los tiempos.  Además, Palamar, que hechiza por su discreción y su inquietante saber, es el verdadero padre intelectual del protagonista, aquel que lo conduce desde la distancia y trata de ayudarlo a salir del laberinto. Representa lo mismo que Virgilio representa para Dante en la Divina Comediapues si Dante se sentía extraviado en una selva oscura, el protagonista de Solenoide se encuentra extraviado entre dos realidades que se comunican entre sí hasta complementarse: la diurna (la del trabajo en la escuela, las relaciones familiares, el deambular por las calles, etc.) y la nocturna (los sueños, los miedos, el desasosiego, etc.). Con el mismo asombro con que Alicia penetra en madrigueras y traspasa espejos en los libros de Lewis Carroll, el protagonista de Solenoide recorre sótanos, túneles, pasadizos, galerías y edificios abandonados; contempla “el mundo como un enigma, como un laberinto, como una pregunta que exige imperiosamente una respuesta” (pág. 267) y va registrando minuciosamente, por si acaso, todo aquello que encuentra a su paso por desagradable, monstruoso o sórdido que parezca. Cuando cree haber encontrado alguna clave, su emoción impaciente se identifica con la de Edmond Dantés (El Conde de Montecristo) mientras escucha golpes al otro lado de la pared de su celda.  En sus recorridos por el mundo de las sombras confluye en algunos momentos con los piquetistas, esa especie de secta que se manifiesta contra el dolor y la muerte: “¡Muera la muerte!”, gritarían si sus voces no estuvieran acaparadas por un grito más desesperado y contundente todavía: “¡Socorro!” (la palabra que gritan centenares de voces a lo largo de diez páginas del libro).

Cartarescu es un explorador de los senderos luminosos y de los abismos sombríos de la mente humana. Su afición a los laberintos y a los enigmas matemáticos nos recuerda a Borges y su obsesión por los túneles oníricos, a Víctor Hugo, que sigue al Jean Valjean fugitivo por  las cloacas de París en Los miserables. Pero también a Sabato, autor de El túnel (“…en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío”) y de Sobre héroes y tumbas, por cuyas páginas transitan los pasos angustiados de Fernando Vidal a través de los canales subterráneos de Buenos Aires. Estos y otros autores resuenan como latidos entre las páginas de Solenoide, pues en la búsqueda de respuestas, Cartarescu ha leído todos los libros posibles y algunos de ellos, hitos de su formación, aparecen citados en la novela; por ejemplo, Nietcha Nézvanova, de Dostoievski, El tábano, de Ethel L. Voynich, o los diarios de Kafka. Del libro de Dostoievski el narrador toma el ejemplo de Efimov, el violinista mediocre que le sirve de modelo de artista fracasado. De El tábano se dice que, además de haberle hecho llorar como ningún otro libro, se convirtió en “la primera pieza del motor metafísico” de su escritura. En cuanto a los diarios de Kafka, son una fuente constante de inspiración para su escritura y para su vida.

Las tentaciones de San Antonio, obra de Dalí a la que se alude en dos o tres ocasiones en la novela.

La búsqueda de un estilo propio por parte de Cartarescu es, al mismo tiempo, la búsqueda de una respuesta a las obsesiones del protagonista de Solenoide, sin que ambos, como se pone de manifiesto al hablar del fracaso del poema La caída, deban confundirse. En la noche del 24 de octubre de 1977 Cartarescu y su doble se separan literaria y vitalmente. Esa noche, el narrador protagonista, ante un público de lletraferits que se reúnen bajo el nombre de Cenáculo de la Luna, lee su primer y único mapa de su mente (pág. 40). El fracaso hunde al poeta en ciernes y le sirve de excusa para compararse con el mediocre Efimov de Dostoievski. Desde entonces, Mircea Cartarescu empieza a construir su trayectoria como novelista de éxito, pero uno de sus yoes queda maltrecho, dolido y resentido. De esa herida le supurarán centenares de páginas recogidas en cuatro cuadernos en los que incorpora el registro de algunos sueños y pesadillas  recurrentes: el manuscrito de Solenoide. Son páginas escritas por un sosias de Cartarescu, una especie de doble fracasado que se pregunta angustiosamente por el sentido de la vida, por el sentido de los sueños, por el sentido del azar y de los encuentros casuales… y por el significado del Manuscrito Voynich, el libro más misterioso de todos los libros, entre otras cosas, por estar escrito en una lengua que no ha sido descifrada.

Páginas del Manuscrito Voynich

Para Cartarescu, encontrar un estilo, su voz, representa la salvación por la palabra; para su doble, el narrador de Solenoide, la salvación finalmente no estará en la palabra, sino en la vida. Ha escrito cuatro cuadernos en los que ha ido acumulando sus reflexiones, sus miedos (“Siempre he tenido miedo, un miedo puro, surgido no de la idea del peligro, sino de la vida misma”, pág. 69) y la búsqueda del libro definitivo que podría salvarlo (por un momento cree haberlo encontrado en el Manuscrito Voynich, pero no es así). La salvación para Cartarescu puede estar en los libros, pero su doble escoge la salvación por el amor de Irina y por su hija, la pequeña Irina. Así que, efectivamente, Irina resulta ser la Beatriz que guía al doble novelístico de Cartarescu hacia la vida nueva, es decir, hacia la paternidad. El doble de Cartarescu quema sus manuscritos (el libro que estamos leyendo, Solenoide) y descubre el valor de la vida:

“Permanecería atrapado para siempre en este valle. Pero ahora sabía que no habría marchado solo, que estaba unido a través de la hermandad y el amor a todos mis semejantes, a los de la fila de la muerte, a aquellos cuya huella en este mundo se extinguiría enseguida. A los piquetistas, a mis colegas, a cada uno de los rostros que había visto alguna vez. No habría partido sin mis Irinas, que iluminaban ahora mi vida. Porque solo cuando mi manuscrito se destruyó entre las llamas empecé a sentir que tengo de verdad otra vida” (pág. 784).

Esas líneas, que se escriben después de la asombrosa desaparición de la ciudad muerta, le sirven de respuesta y de consuelo también al lector. “Permanecería atrapado”, nos dice el narrador: no hay escapatoria posible de la prisión de este mundo; la vida no está en otra parte: hay que vivirla aquí, en este mundo, en la hermandad y el amor a todos los semejantes. Ya no le hace falta seguir llevando el libro de registros de sus búsquedas, su manuscrito; por eso decide quemarlo. Parece, pues, haber leído el epígrafe inicial de la novela, las versos de Tudor Arghezi: “Amado libro, tan infecundo,/ no ofreces respuesta a ninguna pregunta” . Puestas al principio de su novela, Cartarescu parece advertir con esas palabras que un libro no es un oráculo al que haya que preguntar nada. Y para rematar esa idea, más adelante, el narrador afirma: “Un libro tiene que pedirte una respuesta” (pág. 263), es decir, que es el lector el que tiene que dar respuesta a las preguntas que el libro pueda plantear y no al revés. Con estos mimbres, el lector de la novela ya sabrá a qué atenerse cuando se le pregunte, como Irina a su amante, si prefiere el arte o la vida. La gran literatura, aunque hable de grandes tragedias, monstruosidades y dolores, siempre es una forma de afirmar la vida, de defenderla y de perpetuarla. Pues la vida es más grande que cada una de sus manifestaciones. Seguiremos hablando de Mircea Cartarescu; le debíamos una respuesta y le agradecemos la lección práctica que nos brinda en Solenoide: un autor tiene que escribir sin pretender gustar a nadie más que a sí mismo. En esa actitud, tan rara en nuestro tiempo, radican su libertad y el motivo de nuestra admiración.

La vida difícil

El proper 21 de març, al grup de lectura del nostre institut, comentarem el llibre de relats La vida difícil, de l’escriptor i dramaturg polonès Slawomir Mrozek. Amb aquest motiu, i per anar preparant el terreny d’altres possibles comentaris, presentem ara aquest article, que havia estat ja publicat al número 3 de la revista De 14 a 20.

La sintonia entre un polac i un polonès: Pere Calders i Slawomir Mrozek 

Abans de res, saludo l’Andreu Banús i en Joan Fernàndez, fundadors i ànima de la companyia teatral colomenca El Que Ma Queda de Teatre, i exalumnes del Puig, i els dono les gràcies per haver-me fet conèixer l’obra de Mrozek a través de l’adaptació dels contes d’aquest autor polonès i la fusió que en van fer amb els de Pere Calders en la seva obra Història de polacs i polonesos, estrenada el 2001.

Andreu Banús i Joan Fernández, en un assaig al Teatre Sagarra de Santa Coloma de Gramenet, on va estrenar-se l’obra Història de polacs i polonesos

No són de la mateixa època ni van viure al mateix país, ni tenen llengües germanes però tots dos escriptors, a més de ser uns mestres del relat curt —de vegades hipercurt o microrelat com es diu darrerament— i de conrear un sorneguer sentit de l’humor, van saber el que era viure sota una fèrria dictadura política que no permetia la crítica ni tenia gaire sentit de l’humor. I tots dos van haver d’exiliar-se.

Slamowir Mrozek (1930-2013), entre joventut i maduresa

Mrozek, el polonès, és més trist i més clarament polític; Calders, el “polac”, és més costumista i surrealista. Cal explicar per als més joves que el terme “polac” (castellanisme del gentilici polonès, que és el correcte) referit a un català, en aquest cas a Pere Calders, és irònic ja que “polacos” es com es designava despectivament els catalans en èpoques no gaire llunyanes. El terme s’ha recuperat amb l’èxit de Polònia, el programa televisiu d’humor bàsicament polític.

Pere Calders (1912-1994) en la seva joventut

D’aquests dos grans narradors no recomano només un conte o uns quants sinó que en recomanaré un llibre de cada un tot esperant que siguin la porta d’entrada a la resta de les respectives obres. Són llibres breus, d’expressió i contingut concentrats, d’un minimalisme modern i precursor que comparteixen, i que els ha convertit en mestres de generacions posteriors de contistes.

Mrozek comparteix amb Calders una peculiar visió de les coses

  • Pere Calders (1912-1994), Invasió subtil i altres contes (1978)
  • Slawomir Mrozek (1930-2013), Joc d’atzar (2001)

Agustina Rico

Centenarios

Como el centenario del nacimiento o de la muerte de un autor suele ser tradicionalmente una ocasión para celebrar su obra, revisarla, comentarla y leerla o releerla, según los casos, recordaremos aquí los nombres de algunos autores de quienes se cumplen centenarios en el 2016, año generoso en este tipo de conmemoraciones. Por ceñirnos al ámbito literario, no hablaremos de artistas como Hieronymus Bosch, El Bosco (1450-1516), autor de pinturas prodigiosas de quien se conmemora el V centenario de su muerte el próximo 9 de agosto; ni del pianista y compositor Enrique Granados (1867-1916), muerto por ahogamiento hace cien años en el naufragio del Sussex; ni del filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), llamado “El último genio universal”, de quien se conmemora el 14 de noviembre el tercer centenario de su muerte. Nos limitamos a unos cuantos escritores de los que se celebran centenarios y empezaremos, en orden cronológico, por aquellos que han tenido mayor reconocimiento oficial en nuestro entorno.

Ramon Llull

No se sabe con certeza ni en qué fecha ni en qué lugar murió Ramon Llull (1232-1316), autor de cuya muerte se conmemora este año el VII centenario (Any Llull). Nadie duda, sin embargo, de su insaciable curiosidad, de su titánica capacidad de trabajo bibliográfico (se conocen 265 títulos suyos, entre los escritos en latín, occitano, catalán y árabe), de su inquieto afán evangelizador (una de las razones por las que realizó numerosos viajes por Europa, Oriente Próximo y el norte de África), ni, sobre todo, de  la trascendencia de su obra, tanto para la filosofía y la teología medieval  como para la lengua y la literatura catalana (la influencia del Llibre de l’orde de cavalleria es perceptible, por poner sólo un ejemplo, en el código caballeresco de Tirant lo Blanc), pues fue el primer autor que, consciente de la necesidad de transmitir las enseñanzas del cristianismo a quienes no sabían latín, empezó a utilizar la lengua catalana con una finalidad didáctica, tanto en tratados doctrinales como en obras poéticas y narrativas. Y todo por amor al conocimiento de Dios, causa última de los afanes de su vida personal, intelectual y contemplativa.

Cervantes, Shakespeare, Inca Garcilaso

En cuanto a otras grandes celebraciones, el pasado 23 de abril se conmemoró oficialmente el IV centenario de la muerte de Miguel de Cervantes (1547-1616), de William Shakespeare (1564-1616) y del Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), “el primer mestizo biológico y espiritual de América”, autor de los Comentarios reales de los incastres autores más atraídos por los trabajos, los amores y los días de los seres humanos que por el conocimiento de la divinidad.

Pero, dejando aparte las celebraciones oficiales, que, por carácter y por vocación, suelen tener un lado espectacular gracias al que a veces consiguen un cierto efecto divulgativo, aunque no siempre llegan a estar a la altura de las circunstancias, debe recordarse que el mejor homenaje que puede rendirse nunca a un escritor es leer sus obras y facilitar los medios para que otros las puedan leer (lo demás es publicidad y boato). Debe admitirse, es verdad, que, por prejuicios o por experiencias malogradas, a veces la simple mención de autores clásicos como Llull, Cervantes, Shakespeare o el Inca Garcilaso pueden disuadir a algunos lectores. Para recordar la vigencia de los clásicos, Italo Calvino escribió un ensayo, ¿Por qué leer a los clásicos?, con catorce razones para convencer a los más recalcitrantes. Sin embargo, con una de las razones, la que enumera como sexta, podría ser suficiente para algunos: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Es decir, los clásicos admiten lecturas adecuadas a nuestro tiempo y pueden ayudarnos a conocernos mejor. En fin, si alguien que lea estas páginas tiene dudas sobre el papel de los clásicos en la enseñanza, que lea la experiencia didáctica de Carmen Miñana (“Clásicos contra molinos”) y el ensayo de la profesora Mercè Romaní (“Los clásicos en el aula: el caso del Quijote”).

Charlotte Brontë

Otros autores centenarios más cercanos a nosotros en el tiempo tampoco admiten malas excusas para no ser leídos: de ellos se suele hablar en diferentes entornos (por ejemplo, por limitarnos a nuestro instituto, en las clases de literatura y en los clubs de lectura) y sus libros se siguen reeditando con frecuencia, así Charlotte Brontë (1816-1855), autora de Jane Eyreuna novela cuyo final feliz compensa emocionalmente las fatigas y avatares de los protagonistas y conmueve hasta al más intransigente de los lectores doscientos años después del nacimiento de su autora.

Henry James

En este mismo curso, como homenaje a Henry James (1843-1916), en los clubs de lectura de nuestro instituto hemos leído y comentado dos de sus obras, Otra vuelta de tuerca y Daisy Miller. En la primera sentimos y analizamos el desconcierto que el autor buscaba provocarnos: ¿es fiable el punto de vista de la narradora, la institutriz de Miles y Flora, y siguen estos dos niños en contacto con Jessel, la anterior institutriz, y Quint, el antiguo chófer? En cuanto a Daisy Miller, una joven norteamericana sin los prejuicios de los europeos que la censuran hipócritamente, no podemos sino lamentar que sea víctima de su ingenuidad o de su inconsciencia ni dejar de preguntarnos en qué medida debe considerarse una pionera de la liberación de la mujer.

Muchos de los relatos y de las novelas de Henry James, algunas de ellas llevadas al cine en películas de gran interés (Retrato de una dama, La copa dorada, ¿Qué hacemos con Maisie?, etc.), siguen cosechando lectores en todo el mundo y dándoles dádivas como la que se contiene en esta frase de La edad madura: “Una segunda oportunidad: ahí radica el engaño. Nunca habría más que una. Trabajamos en la oscuridad; hacemos lo que podemos; damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea. Lo demás es la locura del arte.” Una frase para llevar escrita en la agenda personal.

Rubén Darío

Algunos alumnos de primaria y de ESO siguen aprendiéndose, con gusto y sin contratiempos, llevados por la gracia musical de sus versos, el poema  que Rubén Darío, el príncipe de las letras (1867-1916), dedicara a Margarita Debayle:

Margarita, está linda la mar

y el viento

lleva esencia sutil de azahar;

yo siento

en el alma una alondra cantar:

tu acento.

Margarita, te voy a contar

un cuento.

Otros, mayores y más reflexivos, inclinados tal vez a la metafísica, siguen dándole vueltas a las ideas de “Lo fatal”:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el de ser vivo

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Todos (o algunos, quién sabe), en fin, habrán podido oír en clase de literatura estos días, especialmente desde el 6 de febrero, fecha del centenario de la muerte de su autor, los primeros versos (por lo menos) de la “Canción de Otoño en Primavera”:

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro,

y a veces lloro sin querer…

Jack London

Durante muchos años fueron lecturas habituales del alumnado de secundaria novelas como La llamada de la selva y Colmillo Blanco, de Jack London (1876-1916). Ahora que se cumplirán cien años de la muerte de su autor (exactamente, el 22 de noviembre), tal vez convenga que los jóvenes recuperen esas lecturas, su novela autobiográfica Martin Eden y muchos otros de sus relatos ambientados en las tierras del silencio blanco en los que igualmente se siente con ímpetu contagioso la llamada de la naturaleza. “Nostalgias inmemoriales de nomadismo brotan debilitando la esclavitud del hábito; de su sueño invernal despierta otra vez, feroz, la tensión salvaje”, dice el hermoso epígrafe inicial de La llamada de la selva para aludir al impulso que siente Buck, el perro protagonista, hacia sus orígenes ancestrales una vez que ha perdido a su amigo John Thornton. Su transformación no puede dejar indiferente a nadie.

Henryk Sienkiewicz

Henryk Sienkiewicz (1846-1916) tal vez no esté de moda entre nosotros, pero la más famosa de sus novelas históricas, Quo vadis?de la que se han hecho cinco versiones cinematográficas directas y varias indirectas o parciales, todavía evoca en muchos lectores, aunque ya resulte convencional, el afanoso mundo de los primeros cristianos en tiempos de Nerón, los amores difíciles entre Vinicio y Ligia, la elegancia intelectual de Petronio, la fidelidad de Ursus y el transformismo del sofista Quilón Quilónides. Constituye, por tanto, un viaje ameno, con regusto por los detalles de ambiente (no en vano el autor era periodista), a la tumultuosa Roma del siglo I.

Camilo José Cela

Camilo José Cela (1916-2002), autor de cuyo nacimiento se cumplen cien años dentro de unos días (el 11 de mayo), controvertido por sus actitudes, por sus ideas políticas y por el trasfondo de algunas de sus obras literarias, concebía la novela como un género literario en permanente transformación, de manera que trató siempre de que ninguna de sus novelas se pareciera a las anteriores, aunque sus resultados sean muy desiguales. En los clubs de lectura, cuando se revisa su obra, se recurre a las novelas de mayor aceptación popular, como La familia de Pascual Duarte y La colmena.

Saki

Saki, nombre literario de Hector Hugh Munro (1870-1916), autor de cuentos maliciosos construidos con diálogos y observaciones memorables por su ingenio irónico, no ha tenido con cierta crítica académica el reconocimiento que merecería (Harold Bloom, por ejemplo, no lo incluye en su canon del cuento), aunque entre sus defensores se cuente el mismísimo Jorge Luis Borges. Pero su obra se reedita periódicamente y resiste con creces el paso del tiempo, y sus personajes retratan con un humor incisivo (a veces, negrísimo) la comedia de las vanidades que vivían permanentemente las clases altas británicas en la época victoriana. “Saki fue el primero en utilizar con éxito una premisa salvajemente escandalosa para comunicar una idea seria… Sus mejores cuentos siguen siendo mejores que los mejores de casi cualquier otro escritor”, sostiene otro de sus defensores, Roald Dahl.

Giorgio Bassani

Giorgio Bassani (1916-2000), autor italiano de cuyo nacimiento acaban de cumplirse cien años el pasado 4 de marzo. Escrita en primera persona por un narrador que suele identificarse con el propio autor, El jardín de los Finzi-Contini, su obra más conocida, y no sólo por haber sido adaptada al cine sino por ser la clave de otras de sus novelas ambientadas en Ferrara, nos acerca al mundo de una familia acomodada de origen judío. Los Finzi-Contini acabarán desapareciendo en los años convulsos de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de ellos deportados a campos de exterminio nazis. Bassani declaró en varias ocasiones que su objetivo al escribir esa novela no fue sólo denunciar la vergüenza insoportable que significó la política de exterminio de la comunidad judía por parte de los nazis, sino contribuir a que las vidas de los personajes en que estaba basada su crónica no cayeran en el olvido. Ese objetivo se alcanza en la medida en que sus obras siguen reeditándose y leyéndose con gran interés.

Roald Dahl

Y, por último, aunque en la imaginación de muchos jóvenes lectores ocupe el primer lugar de esta lista, hablemos de Roald Dahl (1916-1990), de cuyo nacimiento se cumplirán cien años el 13 de septiembre. Aunque algunos lo encasillen por algunas de sus novelas (Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate, etc.) como un autor de literatura para niños (quizás por su defensa furibunda de los niños frente a las razones pragmáticas de los mayores), quienes más que admirarlo lo aman, saben muy bien que sus mejores obras no diferencian a los lectores por su edad; Boy o Volando solo, dos libros autobiográficos,por ejemplo, y muchos de sus cuentos pueden disfrutarse tanto si uno es joven como si es adulto; basta con que a uno le guste la literatura. Como buen lector de Saki (ya hemos visto más arriba la generosidad con que lo valora), Dahl impregna de un feliz sentido del humor la mayor parte de sus relatos, pero sin evitar la ternura ni reprimir su apasionada imaginación, y eso hace inmensamente felices a todos sus fieles lectores.

En fin, bienvenidos sean tantos centenarios si contribuyen a que se conozcan mejor las obras de los autores aquí mencionados: que cada cual escoja los suyos y, si tiene ganas y tiempo, nos deje aquí su comentario.

 

Roald Dahl

Roald Dahl (1916-1990) és l’autor d’alguns dels llibres que els alumnes han llegit en algun moment al llarg dels seus estudis al nostre centre, com és el cas de Les bruixes, Charly i la fàbrica de xocolata, Charly i el gran ascensor de vidre (que és la segona part de l’anterior) o Matilda, entre d’altres.

Dahl va néixer el 1916 a Llandaff (Gal·les) i va estudiar en escoles britàniques, les quals en aquella època es caracteritzaven per un sistema educatiu força dur i amb una disciplina molt estricta. En aquest sentit, els professors i també alguns dels alumnes més grans dels centres utilitzaven els càstigs físics per a fer palesa la seva autoritat.

Sens dubte, aquestes vivències infantils de l’autor han estat reflectides en algunes de les seves obres, en les quals hi apareixen sovint nens maltractats, deixats de banda, orfes… Un dels grans mèrits de Dahl ha estat transmetre aventures estrambòtiques amb molt d’humor però amb un missatge contundent i un rerefons crític punyent en un món de poti-poti entre el que és quotidià, insòlit, fantàstic i obvi.

Hemos aprendido algo primordial,
Algo que a los niños les hace mucho mal,
Y eso es que en el mundo no haya nada peor
Que sentarles ante un televisor.
De hecho, sería muy recomendable
Suprimir del todo ese trasto abominable.

¿Para qué le sirve a su hijo este invento?
¡Le pudre todas las ideas!
¡Mata su imaginación!
¡Hace que en nada, nada crea!
¡Destruye toda su ilusión!
Su pobre mente se transforma
En un inútil reflector
Con ver figuras se conforma,
¡No sueña, ni evoca, ni piensa, señor!

Fragment de Charlie i la fàbrica de xocolata

Dahl va iniciar la seva carrera literària a la Segona Guerra Mundial quan va patir un accident aeri que el va obligar a deixar el servei militar actiu. Fou en aquell moment que els seus comandaments li van encomanar que redactés descripcions sobre aspectes i records bèl·lics per a la revista Saturday Evening Post. Aquell va ser l’inici de seva prolífica obra literària que més endavant es veuria complementada amb les il·lustracions de Quentin Blake, amb les quals hi apareixien uns dibuixos expressius que van aconseguir connectar d’una manera artística amb les històries de Dahl. Tant és així que aquests dibuixos sempre s’han associat directament a l’escriptor.

Il·lustració de Les bruixes

També algunes obres de Roald Dahl s’han portat a la gran pantalla, com és el cas de Charly i la fàbrica de xocolata i Matilda.

 http://www.youtube.com/watch?v=BGem82vCZNM

 http://www.youtube.com/watch?v=j6uhT7T6YXA&feature=related

 Fet i fet, l’univers de Roald Dahl fa molts anys que es va crear però és més vigent que mai!

Si piensas llegar a alguna parte en la vida, tienes que leer muchos libros”

(Roald Dahl)

Ignasi Bragulat

Dickens, un autor per a temps difícils

El que llegeix Adrian Mole. Com saben molt bé els alumnes de 3r del nostre institut, hi ha un moment especialment divertit al Diario secreto de Adrian Mole (Sue Towsend), quan l’àvia sorprèn l’Adrian, un noi de catorze anys, i el seu pare llegint a les fosques i menjant mongetes de llauna al costat d’una petita cuina de càmping-gas. El pare, per consolar-lo, li acaba de dir a l’Adrian que viure en aquestes condicions, sense llum ni gas a la casa per no poder pagar les factures, és “un bon entrenament per quan s’ensorri la civilització” (l’àvia, que és una dona que creu que s’ha de reaccionar davant els problemes, no ho veu així, lògicament). Entre els molts detalls significatius de l’escena n’hi ha un que ens interessa especialment ara: el llibre que està llegint l’Adrian, Temps difícils de Charles Dickens. No és casualitat que la família estigui passant per moments d’escassetat i que Adrian estigui llegint aquest títol, perquè hi ha una certa correspondència entre una i altra història.

Els llibres dels manifestants. Gràcies a un reportatge (“Llibres contra porres”) de Carlos Aguiló i Ernest Aló, publicat al diari El Periódico el 29 de febrer passat, hem pogut saber quins llibres portaven els estudiants valencians a la manifestació de suport als alumnes de l’institut Lluís Vives que havien estat víctimes de les violentes càrregues policials. “Aquestes són les nostres armes”, cridaven pacíficament els estudiants, armats amb llibres per manifestar la defensa de la civilització contra la violència i la barbàrie. Segons se’ns explica a l’esmentat reportatge, molts estudiants no van deixar a l’atzar el llibre que havien de dur a la manifestació: “Van optar per portar obres amb una forta càrrega ideològica o títols especialment reivindicatius o irònics”, és a dir, llibres de títols amb segones intencions, per exemple: La rebel·lió dels animals (George Orwell), Algo va mal (Tony Judt), La conxorxa dels ximples (John Kennedy Toole), Relatos de lo inesperado (Roald Dahl), Educar es otra cosa (José Luis Corzo), etc. En aquest context, portar Temps difícils de Charles Dickens —no sabem si algun manifestant ho va fer— hauria estat igualment un acte de coherència.

Vinyeta de El Roto (El País, 23 de febrer de 2012)

L’adjectiu dickensià. A un reportatge de Britta Gürke publicat al diari El País de Costa Rica el passat 4 de març (Por los buenos viejos tiempos: bicentenario de Charles Dickens), al mateix temps que es recordava que l’adjectiu dickensià s’associa a descripcions de misèria i d’explotació de nens, es recollia que, a l’agost de 2011, quan es van produir als carrers de Londres i d’altres ciutats britàniques greus disturbis, molts comentaristes es demanaven què hauria dit Dickens davant la situació actual. En aquest sentit, per exemple, segons vam llegir a l’esmentat reportatge, Alex Werner, comissari de l’exposició Dickens i Londres del Museu de la Ciutat, va explicar a la BBC que Dickens “va escriure sobre els problemes financers, d’immigració, educació deficient i pèssimes condicions de vida, temes tots ells molts coneguts pels londinencs d’avui dia”. Al cap i la fi, Dickens ha estat considerat des de sempre per molts crítics com a un heroi compromès amb el seu temps, “el seu testimoni més fidel, el seu jutge més implacable i el seu més prestigiós retratista” (Léon Thoorens). Un heroi que va tenir una gran influència social i política des del primer moment: quan es va publicar Oliver Twist per capítols a una revista (entre gener de 1837 i abril de 1839), com que les descripcions de la pobresa van commoure tant el públic perquè eren molt estremidores, els barris on succeïa l’acció van ser enderrocats per estalviar mals records. I com que a La cançó de Nadal (1843) apareix el personatge de Mr. Scrooge com a encarnació de l’avarícia i de l’egoisme capitalista, alguns crítics s’han demanat quina influència va tenir el retrat d’aquest malvat en la redacció del Manifest comunista de Marx i Engels, escrit a Londres en 1847.

Segon centenari. El passat 7 de febrer s’han complert 200 anys del naixement de Charles Dickens, un autor considerat el més important de la llengua anglesa després de Shakespeare. Efectivament, Charles John Huffam Dickens va néixer el 7 de febrer de 1812 a Porsmouth (Gran Bretanya) i va morir, a la seva casa de camp (Gads Hill Place) del comtat de Kent, el 9 de juny de 1870. El seu pare treballava d’administratiu però era un home que es gastava els diners molt fàcilment i per aquesta situació la família va passar per moments difícils i, fins i tot, el pare va passar tres mesos a la presó per deutes. Aquesta situació familiar va obligar el futur escriptor, quan tenia dotze anys, a abandonar els estudis i a treballar a una fàbrica de betum on coneixeria molt de prop l’explotació dels nens (aquesta experiència quedaria reflectida a la novel·la David Copperfield). Més tard, Dickens començaria a treballar com a periodista i acabaria descobrint la seva vocació de novel·lista. Des d’un primer moment va tenir molt clar que ell, segons les seves paraules, volia deixar una llarga empremta en aquesta època, amb un amor per la classe treballadora que ningú podria esborrar.

La major part de les seves novel·les les va publicar per capítols als periòdics, i immediatament van tenir molt d’èxit popularper un munt de raons: realisme minuciós, sentit de l’humor i de la justícia poètica, mirada crítica, històries rodones, personatges entranyables, habilitat per la caricatura i la sàtira, emotivitat i sentimentalisme, etc. Segon recorda Icíar González (“Charles Dickens, en el bicentenario de su nacimiento”, Selección Literaria, núm. 41), al seu estudi sobre Dickens, Stefan Zweig resumeix aquest èxit de manera molt descriptiva: “El segle XIX no va conèixer altre cas d’identificació tan cordial i tan infrangible d’un poeta amb el seu poble. La seva fama va pujar com un coet, però sense caure ni declinar mai, suspesa en el firmament immutable i refulgent com un sol. De la primera edició dels Papers pòstums del club Pickwick [la seva primera novel·la, publicada el 1837, i una de les més divertides], se’n van fer 400 exemplars; ja en l’edició 151 va assolir el nombre de 40.000: el triomf va ser immediat i es va imposar amb la força irresistible d’una allau. No van trigar a obrir-se els camins del món. A Alemanya es venien per milers els contes de Dickens en quaderns de deu cèntims, omplint de rialles i d’alegria els forats dels cors més ombrívols, i pels Estats Units d’Amèrica, per Austràlia, per Canadà corrien copiosament les vides de Nicholas Nickelby, del pobre Oliverio Twist i dels milers i milers de personatges que l’enginy inesgotable d’aquest novel·lista va donar al món.”

Llibres i pel·lícules. Com han posat de relleu tots els comentaristes que, amb motiu del segon centenari, han escrit sobre la seva obra, Dickens està molt viu, l’actualitat dels seus llibres queda més que confirmada perquè els nostres són també temps difícils (millions de treballadors a l’atur, desnonaments, acomiadaments, retallades als serveis públics, precarietat laboral, petites empreses que es veuen obligades a tancar, persones sense sostre dormint al carrer, desequilibri entre rics i pobres….). El filòsof Fernando Savater (“La honradez de Dickens”) ha escrit: “En sus novelas, el arte narrativo combina el afán de justicia con la compasión y el optimismo, los ingredientes necesarios de la perspectiva moral. […] Todos los buenos escritores mejoran la literatura, pero muy pocos logran también que el mundo cotidiano sea después de ellos algo mejor. Dickens lo consiguió”.

El curs passat, arran de veure A Christmas Carol, alguns alumnes ens en van donar les seves impressions i vam publicar-les a la revista de l’institut. Ara, amb motiu d’aquest aniversari, encoratgem a tots els usuaris d’aquest blog a llegir més Dickens, i als qui l’hagin llegit (sigui en versions senceres o en versions adaptades per a joves) o hagin vist les pel·lícules basades en els seus llibres, els demanem que ens enviïn els seus comentaris. Llarga vida als llibres de Dickens!