Hoy, 14 de junio de 2026, hace cuarenta años que murió Jorge Luis Borges (1899-1986). No se necesitan aniversarios ni excusas para leer a Borges, pero compartir uno de sus poemas puede ser una manera de recordar y celebrar su obra. Elegimos “Los justos”, cuya lectura agradecerán muchos lectores.
Los justos
Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
Jorge Luis Borges, La cifra (1981)

Comentario de texto
Presentación
Javier Otárola, el narrador de “Ulrica”, uno de los cuentos de El libro de arena (1975), de Borges, sostiene que “lo que decimos no siempre se parece a nosotros”. En el caso de “Los justos” —y ese es uno de los motivos por los que hemos elegido este poema para recordar hoy a su autor—, lo que en él se dice se parece fielmente a uno de los varios Borges que admiramos, quizás no al más brillante y sorprendente, pero sí a uno de los más verdaderos y entrañables.
“Los justos” no es un poema de juventud, ni por su estilo ni por su significado; Borges lo escribió a los ochenta y un años y se incluye en La cifra (1981), su penúltimo libro de poemas (el último sería Los conjurados, publicado en 1985, un año antes de la muerte del autor). La cifra, como El hacedor (1960), combina escritos en verso (entre ellos, uno formado por 17 haikus) y otros, pocos, en prosa, todos ellos precedidos por una “Inscripción” a modo de dedicatoria a María Kodama —con quien convivía desde 1975 y con quien acabaría casándose en abril de 1986— y un “Prólogo” a modo de poética; además, al final, el libro incluye “unas notas” explicativas del propio autor sobre algunos de esos textos.
El título
El título del poema podría remitir a “los hombres justos” de los que hablan los comentaristas de la Biblia para definir a Noé, Abraham, Job y a otros patriarcas bíblicos que acatan la voluntad de Dios y son recompensados con la salvación eterna. O podría aludir a los 36 hombres piadosos y justos que, según la leyenda talmúdica, son elegidos en cada generación por Dios para cargar, sin que ellos lo sepan ni se conozcan entre sí, con los sufrimientos de la humanidad. O a los “Justos entre las Naciones” premiados por Israel por haber protegido de los nazis a judíos en peligro. Pero en Borges no quedan huellas de esas connotaciones religiosas o políticas; las personas justas de las que él habla no han sido elegidas por Dios ni son, necesariamente, personas representativas de su estirpe, no son héroes épicos ni víctimas sufrientes: son tipos humanos corrientes de los que puede haber millones en el mundo. No conforman ninguna élite. Borges seculariza y poetiza la idea de los hombres justos. los hace trascender —sin que ellos lo esperen ni lo sepan— más allá de su oficio y de su vida cotidiana: los universaliza y los convierte en salvadores del mundo.
Referencias literarias
En el primer verso del poema (“Un hombre que cultiva su jardín…”), Borges cita a Voltaire y en el décimo (“El que agradece que…”) a Stevenson. Ambos son autores recurrentes en Borges, por lo que no es difícil rastrear en su obra esas querencias.
“Il faut cultiver notre jardin” (“Tenemos que cultivar nuestro jardín”, o “nuestro huerto”, según algunas traducciones). Son las últimas palabras de Cándido o el optimismo, novela corta o cuento filosófico de Voltaire. Las pronuncia Cándido, el protagonista, que da título al libro, como una alternativa realista ante las propuestas ilusorias a las que quiere seguir arrastrándolo el filósofo Pangloss, un personaje que evoca satíricamente a Leibniz. Cándido rechaza la posibilidad de volver a su optimismo anterior después de haber viajado por varios países y de haber conocido diversas formas de violencia y algunos de los horrores que campean por el mundo (guerras, ejecuciones, terremotos…). Ha perdido su candidez inicial y sus creencias (influido por Pangloss había creído vivir “en el mejor de los mundos posibles”), y ha llegado a la conclusión de que hay que olvidarse de los excesos del optimismo, centrarse en el trabajo práctico y cultivar la tierra. Tras su desencanto, Cándido se acoge, aunque no lo diga, a la filosofía estoica y epicúrea (“Si cerca de tu biblioteca tienes un jardín, no te faltará de nada”, consideraba Cicerón).
De hecho, la expresión que emplea Cándido (“cultivar nuestro jardÍn”) puede tener un doble sentido, literal y metafórico: puede aludir a trabajar la tierra pero también a profundizar en el mundo interior, en un estado de la conciencia donde refugiarse y protegerse de las inclemencias del mundo exterior.
Que Borges retome al principio de “Los justos” la última idea del personaje volteriano, la amplifique, la lleve más allá de su significado literal y la convierta en trascendente podría llevar a pensar en una secreta afinidad entre los dos autores o, por lo menos, en la admiración que sentía Borges por Voltaire, y no se estaría muy desencaminado. Lo comprobamos en la Biblioteca personal de Borges, el libro que recoge sesenta y seis prólogos de una colección que iba a contener cien títulos escogidos por él. Allí, entre otras cosas, escribe lo siguiente sobre Voltaire:
“No pasa un día sin que usemos la palabra optimismo, que fue acuñada por Voltaire contra Leibniz”, filósofo defensor de la de idea de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles […]. Voltaire, muy razonablemente, negó esa exorbitante opinión”. Y, más adelante, en el mismo escrito, defiende Borges que “el estilo de Voltaire es el más alto y límpido de su lengua y consta de palabras sencillas, cada una en su lugar”.
En ese mismo libro, la Biblioteca personal, en el prólogo correspondiente, leemos lo que Borges, con fervor, dice de Stevenson.
“Noches pasadas, me detuvo un desconocido en la calle de Maipú. Borges, quiero agradecerle una cosa, me dijo. Le pregunté qué era y me contestó: Usted me ha hecho conocer a Stevenson. Me sentí justificado y feliz.”, porque “Robert Louis Stevenson es uno de los autores más escrupulosos, más inventivos y más apasionados de la literatura.”
Y con esta cita se entiende no solo la admiración que sentía Borges por Stevenson, sino también el origen autobiográfico del verso en que lo nombra.
Otra referencia literaria, sin nombre, acaso referida a la Comedia de Dante (escrita en tercetos y dividida en cantos), de la que Borges era un gran lector y comentarista (Nueve ensayos dantescos, de 1982), a veces en compañía de María Kodama, la encontramos en el verso 7: “Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.”
Sea como sea, estas referencias no son extrañas en Borges: los libros, escritos y leídos, constituyeron su verdadera vida.
Forma y contenido
El poema está formado por doce versos libres, de desigual medida y sin rima, y cada uno de estos versículos coincide con un enunciado, con una unidad de significado (recurso retórico llamado esticomitia). Este ritmo, sin que el lector sea necesariamente consciente del efecto, transmite serenidad y contribuye, por su lentitud, a reforzar la idea de armonía que el poeta quiere comunicar.
Los versos se distribuyen en dos partes desiguales, una de once y otra, el cierre, de un solo verso. Los once primeros versos conforman una serie rítmica basada en el paralelismo sintáctico (Un hombre que…, Dos empleados que…, El ceramista que…, etc.), fenómeno que, por tratarse de estructuras sustantivas o sustantivadas (El que agradece, El que descubre, El que acaricia, etc.) a las que no se atribuye una actividad común hasta el final, produce un doble extrañamiento, sonoro y sintáctico. Podríamos hablar, pues, de suspensión del significado; ya que al ir leyendo los once elementos de esa serie el lector se va preguntado qué es lo que tienen en común, qué acción es la que comparten todos esos tipos humanos mencionados. Además, la serie se ordena de manera subjetiva, sin un orden lógico (una construcción muy habitual en Borges), con referencias genéricas a diferentes personas según su oficio (empleados, ceramista, tipógrafo), aficiones (jardinería, música, etimologías, ajedrez, lectura, animales) o actitudes personales hacia los demás (sociabilidad, tolerancia, empatía).
El último verso funciona como colofón y síntesis. Satisface la curiosidad que alientan los versos anteriores: expresa en una frase completa lo que aglutina a las personas aludidas, lo que las une aunque no se conozcan. Todas contribuyen, sin saberlo, cada una a su manera, a dignificar el mundo, a salvarlo. Las diferentes acciones más o menos concretas o materiales que desempeña cada persona tienen una repercusión trascendente, espiritual, que se expresa de manera abstracta: sirven para algo más que para su eficacia inmediata, sirven para que el mundo siga existiendo y continúe su andadura. Y, en solidaridad entre el fondo y la forma, entre el cuerpo y el alma del poema, todos los verbos utilizados para expresar las acciones de los justos se conjugan en un presente intemporal (cultiva, agradece, descubre, etc.). Es decir, los actos de “los justos” generan un efecto sincrónico (la salvación del mundo) y durativo, como queda subrayado con la perífrasis de gerundio (están salvando) con la que se expresa ese efecto.
Lenguaje y estilo
Las palabras que componen el poema no producen extrañeza, forman parte de un estilo fluido y limpio; son claras, no presentan dificultades de comprensión y no incluyen particularismos léxicos. Estamos aquí, en 1981, muy lejos del barroquismo, de las metáforas y del ingenio verbal de los primeros libros del poeta. La razón de este alejamiento tiene que ver, según él, con la edad y también con la ética. Veamos al respecto algunas sus declaraciones.
En 1969, en el preámbulo a la reedición de Fervor de Buenos Aires (1923), su primer libro de versos, Borges reconoce haber “mitigado sus excesos barrocos”, haber “limado asperezas, he tachado sensiblerías y vaguedades y, en el decurso de esta labor a veces grata y otras veces incómoda, he sentido que aquel muchacho que en 1923 lo escribió ya era esencialmente […] el señor que ahora se resigna o corrige […]. Como los de 1969, los jóvenes de 1923 eran tímidos. Temerosos de una íntima pobreza, trataban como ahora, de escamotearla bajo inocentes novedades ruidosas [el autor se refiere a las actitudes beligerantes de los movimientos de vanguardia]. En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.” Así que, según Borges, el barroquismo estético es más propio de la juventud que de la madurez. Pero, asimismo, la evolución estética puede llegarle al poeta por otra reflexión: “el barroco es condenable por razones éticas; el barroco es condenable porque corresponde a la vanidad”, le declaró a Osvaldo Ferreri mientras le hablaba de Quevedo.
Eso último, naturalmente, como otras opiniones de Borges, es muy discutible, pero lo cierto es que el sentido que comunica “Los justos” no se avendría bien con un estilo alambicado ni abundante en figuras literarias. A “Los justos” le sienta bien el clasicismo.
Y le sienta bien el clasicismo porque la filosofía subyacente a este poema propugna que la virtud y la serenidad, que están al alcance de todos los seres humanos, se encuentran en las actividades corrientes de la vida más que en las extraordinarias, no en las grandes gestas heroicas sino en los pequeños gestos y actos de la vida cotidiana.
Sentido y coherencia
Un hermoso proverbio del Talmud dice que “quien mata a un hombre es como si destruyese un mundo” y que “quien salva a un hombre es como si salvara un mundo”.
Una idea similar se recoge en El Corán: “Quien mata a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad. Y […] quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad.”
Borges, en “De la salvación por las palabras”, el último texto de Atlas, cuenta que, en una asamblea de las divinidades del sintoísmo, uno de los dioses propuso borrar del mapa a los seres humanos por haber construido armas de destrucción masiva, pero que otra divinidad se opuso y alegó que había que salvar a la humanidad por haber creado un haiku redentor, un poema de diecisiete sílabas. Unas palabras escritas —un acto humano— sirven para salvar a la humanidad.
Con estos ejemplos vemos que la idea de “salvar el mundo” no es original, tiene muchas versiones literarias; como tampoco lo es la idea de que un hombre sea a la vez toda la humanidad (“cualquier hombre es todos los hombres”, considera nuestro autor); lo que resulta sorprendente en nuestro poema es la categorización de “justos” que establece Borges y el mecanismo (“mágico”, poético) de salvar el mundo mediante la repetición de actos cotidianos.
Efectivamente, el jardinero, el amante de la música, el aficionado a indagar el origen de las palabras, los jugadores de ajedrez, etc., todas las personas aludidas en el poema —y tantas otras que no figuran pero podrían figurar por los mismos o similares motivos— no son héroes de ninguna épica, pero merecen ser consideradas justas, al margen de sus devociones religiosas, porque, con su trabajo, misteriosamente, de manera discreta y silenciosa, ejemplifican “los secretos vínculos que unen a todos los seres del mundo”, según dice Borges en “Unas notas”, al final de La cifra. Y son esos vínculos la explicación y la causa de la salvación del mundo.
La clave de esa interpretación, de esa lógica o poética borgiana, la tenemos expuesta en la “Inscripción”, al principio de La cifra. En esa inscripción preliminar escribe Borges que la dedicatoria de un libro forma parte de “la serie de hechos inexplicables que son el universo o el tiempo” y que “como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico” y no “el menos arcano”. Y si todos los actos del universo son “arcanos” y “mágicos”, también lo serían las personas a las que se alude en el poema, los actos que ejecutan y las consecuencias que generan esos actos para la continuidad del mundo. Esas personas, que ignoran la trascendencia de sus actos, no se conocen entre sí, pero, por estar unidas “por secretos vínculos”, dependen unas de otras, son interdependientes, y cada una tiene su valor y su función. Nadie es insignificante.
Borges nos había mostrado en muchas de sus ficciones lo extraordinario que habita secretamente entre nosotros; en este poema, en cambio, nos muestra que lo ordinario es lo verdaderamente extraordinario. Aquello que debemos volver a descubrir y amar. Aquello por lo que debemos aprestarnos a seguir cultivando nuestro jardín.
F. Gallardo
Bibliografía consultada
Jorge Luis Borges, La cifra. Madrid, Alianza Tres, 1981.
Jorge Luis Borges, Biblioteca personal (prólogos). Madrid, Alianza Tres, 1988.
Jorge Luis Borges, El libro de arena. Madrid, Ultramar-Emecé, 1975.
Jorge Luis Borges, Fervor de Buenos Aires, incluido en Obra poética. Madrid, Alianza-Emecé, 1972.
Jorge Luis Borges-Osvaldo Ferrari, Diálogos. Barcelona, Seix Barral, 1992.
Jorge Luis Borges, Atlas. En colaboración con María Kodama. Barcelona, Lumen, 1999.
Voltaire, Cándido o el optimismo, incluido en Novelas y cuentos. Traducción de Carlos Pujol. Barcelona, Planeta, 1982.
Las bellezas del Talmud. Selección y traducción de Rafael Cansinos-Assens. Barcelona, Edicomunicación, 1988.
El Corán. Traducción de Julio Cortés. Madrid, Editora Nacional, 1979.