Desde que, hace unos meses, Pere Montaner, su fundador, cerrara La Charca Literaria, una revista digital en la que —honores le sean reconocidos— confluían autores consagrados con otros prometedores, algunos asiduos lamentaron no poder seguir leyendo, entre otras, las historias de Mademoiselle Fifí y Tío Jules que allí publicaba Bernabela, nombre literario de una exalumna de nuestro instituto. Mademoiselle Fifí y Tío Jules —los agudos observadores gatunos cuyos nombres proceden de sendos cuentos de Maupassant— han visto mucho cine, tienen cuerda para rato y garantizan acidez y regocijo. Por eso les damos cabida aquí, no solo por ser lejanos y dignos parientes de Cipión y Berganza, los protagonistas de El Coloquio de los perros de Cervantes, sino porque tenemos la esperanza de que también coleccionen nuevos seguidores entre quienes leen El blog del Puig.
“Cartas de Fifí”, por Bernabela
Primera carta: “Apogeo de la acelga y declive civilizatorio”
Mi queridísima Virtudes:
Nunca podrías imaginar la emoción y la nostalgia que me han embargado al recibir tu carta y leer la historia que te han contado sobre nuestra peripecia. Sabes que lamento no creer en ese cielo felino del que nos habla el profeta. Esa eternidad en que los gatos —¡seres ociosos al fin! —, tumbados en muelles cojines y sorbiendo un magnífico té, veremos proyectadas sobre la inmensidad de la Gloria todas las andanzas falsas que se han contado sobre cada uno de nosotros. Si yo fuese creyente, instalada con mi té y mi cojín en la Gloria por toda la eternidad, sería tu historia la que querría ver una y otra vez. Pero no es verdad ese rumor, amiga mía. No hay un solo chismoso en el Universo capaz de inventarse un disparate como el que nos ha tocado vivir.
Ya sabes que no me jubilé como había planeado porque los del Consejo me convencieron con su parloteo: “Acudimos a ti desesperados, Fifí”. Apelaron a circunstancias extraordinarias y a una extrema complejidad, pero me asignaron como adjunto a Jules. Nadie quiere tanto a Jules como yo, lo sabes bien; lo que me duele es esa actitud frívola de los burócratas: “Es el Clarence de Qué bello es vivir”, “Es el ángel sin alas de Capra”… Ya. Capra.
Me dejé embaucar. Llegamos al planeta el día acordado y fuimos conducidos al lugar de destino. En la casa estaba todo preparado para recibirnos. La dueña era una edición no demasiado original del fenotipo de nuestra especialidad: anciana amable e independiente que tiene preservada la movilidad, aunque el factor cognitivo no esté tan preservado. Por sus hechuras y su atuendo, enseguida vimos que se trataba de la típica aficionada a la horticultura. Resumiendo: un expediente de los sencillitos.
Revisada la casa y la dueña, hicimos las primeras incursiones en los alrededores. El paraje era idóneo para los objetivos estratégicos de la misión. La casa está dotada de todo lo necesario para llevar una vida decorosa y acorde con nuestra posición. Su ubicación —un lugar un tanto apartado en el extremo de la aldea —no puede más que facilitar nuestro propósito. En la propia calle, ya hemos identificado a otros agentes con los que no fue necesario intercambiar la contraseña. Deberíamos mejorar la formación en simulación y suplantación: que los humanos no se enteren de nada no quita que los gatos autóctonos nos tengan calados desde hace tiempo.
Todo esto que te explico, lejos de tranquilizarme avivó mi zozobra: ¿a qué venía ponderar tanto la dificultad de la misión? A Tío Jules ya le conoces, no hay nada que le inquiete más allá de no poder darle al fumeque; pero yo me mantuve reservada y vigilante durante toda la primera jornada. Principalmente puse toda mi atención en ella: es una de esas viejecillas que cree que, porque se viste de pobre y cosecha una acelga, ya es hortelana. Por cierto, el año pasado tuve ocasión de leer tu paper: Apogeo de la acelga y declive civilizatorio. Así acabó la Beta vulgaris con las grandes culturas de la Humanidad. Lo disfruté horrores. En fin, Virtudes, que tras una semana de observación minuciosa —y ya sabes lo obstinadamente sistemática que puedo llegar a ser— no le vi la complicación: Que acariciaba. Pues sí, todas acarician, ya lo sabemos. Que nos hablaba como si fuésemos retrasados mentales y con profusión de diminutivos y palabras idiotas ¿Acaso no lo hacen todas?
La dueña tenía su habitación en la parte alta de la casa. Cada noche subía por la escalera baldada de tanto trajinar en el huerto, con su mono gris, su camiseta verde y en calcetines. Al día siguiente, milagrosamente, bajaba los escalones renovada y dispuesta a acometer una nueva jornada de puerros y coles. Cada mañana la esperábamos con impaciencia. Ella creía que añorábamos su compañía, pero solo necesitábamos que abriese la puerta de la cocina para beber agua.

Fue en el undécimo día cuando vino el chasco. Llevábamos ya tiempo al pie de la escalera cuando vimos bajar a una sujeta que, pareciéndose a la dueña como una gota a otra gota de agua, no tenía nada que ver. Llevaba un fular al cuello que flotaba tras de sí, unas pestañas postizas que se le enredaban en la barandilla y unas sandalias con tacón block —muy rejuvenecedoras, eso es indiscutible. En el duodécimo, descendió los escalones una tipa con una bata toda llena de bolsillos y acericos. Iba forrada de bobinas, canillas, piezas de galón, pasamanería, botones, corchetes y otros elementos fijados al guardapolvo con imperdibles. Parecía una mercería ambulante. Así, un día tras otro —sin que sepamos cuál fue el factor desencadenante de este fenómeno—, recibimos a un personaje diferente que no era exactamente la dueña pero que, a un tiempo, sí lo era. Nos vimos obligados a identificar cada elemento mediante un alias, por una mera cuestión de orden público: Pequeña Lola, Pirriaque, Decoradora, Mangurrina, Disturbio, Orzowei, Hortelana, Enredo, Accidente, Ecuación, Flow… Como ya habrás intuido, los nombres los dejé a cargo de Jules y su cigarrito de la risa.
Este es el auténtico drama, Virtudes. Nos asignaron una misión donde nuestra competencia no se reduce a invadir y dominar a una dueña, sino que tenemos como reto someter a todo un regimiento. No puedes ni imaginar lo que está siendo esto…

Segunda carta: “La mirada fría”
Querida Virtudes:
Te expliqué en mi carta anterior con qué falta de ética los del Consejo nos destinaron a una misión que implicaba un viaje sin retorno, obviando la información que hubiese permitido que Jules y yo decidiésemos libremente si queríamos venir o no. Se mencionó veladamente una dificultad especial; sin embargo, al llegar nos encontramos con el prototipo habitual de dueña horticultora, sin potenciales complicaciones dado nuestro grado de veteranía en misiones similares. Después comprobamos, atónitos, que la horticultora tenía múltiples variantes, que mutaba de un día para otro. Antes de recibir las especificaciones del Consejo ya habíamos descubierto que esta no era la típica acción de invadir y dominar el hogar que hemos perfeccionado a lo largo de nuestra trayectoria profesional.
Tú, que nos conoces, sabes que no somos ese tipo de agente interestelar remilgado que evita la acción o que pone palos en las ruedas. Cuando ha sido necesario, sin que nos tiemble el pulso, hemos recurrido a la toxoplasmosis como método de control fulminante. Gracias a eso millones de ancianas —las conocidas viejas de los gatos de este y otros planetas— trabajan mansamente a nuestras órdenes: ellas no notan nada y se evita una violencia innecesaria. En otro tiempo no hubiésemos dudado un momento en someter a la anciana mutante a la esclavitud, a la obediencia ciega, a un estudio sistemático de sus facetas —que ese es el encargo del Consejo— o lo que fuere menester. Pero quizá por los atardeceres rosados de este lugar o bien porque es ya tan evidente que estoy en la última etapa de la vida, el íntimo roce con toda esta sucesión de personajes desgajados ha hecho tambalearse a la Mademoiselle Fifí de acero que yo creía ser.
En esta casa sucedió algo, amiga mía. Aquí hubo una tragedia en el pasado que aún flota en el ambiente. Esa mente se desencuadernó como un libro viejo cuando le arrancan el lomo. Su comportamiento estrafalario alertó a nuestros agentes en la zona quienes, a su vez, excitaron en el Consejo la ambición de llevar a cabo un estudio etnográfico con gran economía de medios. Hete aquí por qué el Tío y yo acabamos en este lugar. Pero te diré, Virtudes, que por lo que respecta a los informes oficiales que el Consejo espera de nosotros, lo tengo ya todo planeado: voy a mentir. Deliberada y sistemáticamente, de un modo que se podría denominar militante.
Cuánto te va a sobresaltar mi confidencia, con lo que hemos luchado nosotras dos contra la mentira. Ambas sabemos que casi toda la información oficial es falsa, de cabo a rabo. Libros, revistas y pantallas rebosan infundios. Ni siquiera son mentiras elegantes. Se trata más bien de burdos montajes producto de la necesidad de salir del paso de miles de agentes chapuceros —cuando no desaprensivos— repartidos por toda la galaxia. Hoy reconozco que yo tengo mi propia motivación y te la quiero explicar porque no me siento en deuda con la verdad pero me importa conservar tu buena opinión.
Yo no voy a mentir como el agente Gatz, que describió con todo lujo de detalles una batalla épica en aquel recóndito planeta, donde perecieron todos menos él en un cuerpo a cuerpo con gigantes. Sabemos que se zampó a sus compañeros de misión y que lo único gigante de la historia es su abdomen, que no le permite tocarse la punta de las zarpas desde hace lustros, no te digo ya lidiar con los guerreros descomunales que describe. Pero las revistas están llenas de ilustraciones conmemorativas de la gesta. ¡Hay pintores que se han hecho famosos por sus alegorías de Gatz! Los únicos que no han caído en este delirio colectivo han sido los amigos de los colegas devorados, que le miran con cierto resentimiento realista.
Yo tampoco voy a mentir porque me halle en estado etílico comatoso como la brigadilla del cabo Michón. A raíz del célebre expediente “Plerro”, se busca por toda la galaxia a un ser tan absurdo y contrahecho como el abominable hombre de las nieves. Sabemos que no existe ningún Plerro, simplemente estaban cocidos en alcohol cuando hablaron con sus superiores y se les enredaba la lengua. En lugar de rectificar pasada la resaca, insistieron en que habían tenido un encuentro con un bicho baboso gigante de grandes colmillos. Todas las naves que deambulan por el Universo incluyen una imagen alerta de Plerro. Nuestra comunidad se divide entre plerristas y antiplerristas. Plerro es un monstruo que cobró vida a partir de una lengua empapada en alcohol.
Y, por último, no voy a mentir por los motivos que lo hará el Tío Jules: él simplemente adora a los gatos locales y es muy feliz aquí. Y si para quedarse tiene que inventarse 600 personalidades totalmente falsas de la horticultora que muta, no me cabe duda de que lo hará. Como si no fuese suficiente con las que ya tenemos entre manos. Y esa Pequeña Lola… Tiene más peligro que el trinitrotolueno. Un día te hablaré de ella: te contaré todo sobre la Pequeña Lola*.
¿Cuál es mi sórdida motivación para mentir? —te estarás preguntando, mi querida amiga—. He descubierto un mundo de rituales tan sofisticado que he quedado atrapada en él. Estoy tan fascinada, que siento la nostalgia como un cuchillo fileteando mi corazón; nostalgia de momentos que nunca he vivido. Es posible que la evolución haya obrado en favor de nuestra especie, pero no ha ido a favor de cada uno de nosotros. Nos hemos reído tanto de estos humanos… Nosotros no somos maternales, ni siquiera reconocemos a nuestros vástagos. Ellos cuidan a sus crías. Y cuando la vida viene de través o cuando se acerca el final, pueden acurrucarse en la memoria de ese momento dulce que sucedía en las primeras horas de la noche, entre sábanas que huelen a jabón, con la barriguilla llena y el cuerpo mimado por el baño vespertino: la hora del cuento. Ellos les cuentan historias mágicas a sus crías hasta que cierran sus ojillos bajo un edredón ahuecado y tibio.

Esa es mi excusa para mentir: amo esta vida. Cada noche, después de arroparme delicadamente, me cuenta una historia. Mi preferida es Matrioska, de Inkiow.
Hace ya un tiempo que me cuestiono con qué derecho paseamos nuestra mirada fría sobre la vida de los otros**.
Bernabela
Notas de la autora:
* “Pequeña Lola”, homenaje de Mademoiselle Fifí a Eva al desnudo, de Mankiewicz
** Homenaje a La vida de los otros, de Von Donnersmarck.